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Universidad Católica
Julie Placencia, madre soltera: “No soy feliz, ni nunca lo seré” No cree en el amor, aunque lo entrega, es joven, aunque posee más experiencia que muchas de su edad, es mi amiga y compañera, la Julie, la que bajo esos tiernos ojos de gacela guarda un mundo al que recién me estoy atreviendo a entrar.
Aunque parece tener una nube en la cabeza, con rayos y centellas incluídas, siempre creí que en ella había algo que iba más allá de mi entendimiento, ¿será porque dibuja como pocos, cree en la reencarnación, escribe con ternura o porque sencillamente ella también no se ha dado cuenta?.
Nombre: Alejandro Rodríguez P.Curso: Entrevista Literaria.
La miro, y no la veo, la observo, y no la siento, la trato de encontrar y se me pierde. Es mi compañera, la Julie, la que conocí en primero, la que camina calladita entre nosotros, siempre pensando, reflexionando y soñando, mirando a través de sus grandes ojos negros de rubie el mundo que a veces no entiende, que a veces no posee, que a veces simplemente no quiere.Tiene 24 años, pero ya es madre, y más encima soltera. Al llegar frente a mí, siento su nerviosismo desnudo, un movimiento esquivo que me deja saludarla y una mirada cómplice que ansía contar su historia. Siempre había pensado que ella necesitaba hablar, necesita dar todo lo bello que dentro calla y que nunca entendí cómo fue capaz de ocultar.Decidimos salir del hall de la escuela, y escapar de las miles de risas y ruido de gente que parece estudiar cualquier cosa, menos periodismo. Sus ojos son su alma y su sencillez su escudo, veo a través de ellos a su hijo, el que está presente en todas sus acciones, tanto que pienso que ni ella misma se da cuenta de eso.Nos sentamos alejados del “mausoleo”, el edificio chiquitito en el que nos conocimos hace cinco fatídicos años, donde entre penas y risas, su verdad se me hizo patente más allá de las tallas, más allá de la verdadera amistad, porque recuerdo que la primera vez que hablamos, ella me dijo que yo tenía un aura color “auriverde”.La mirada perdida de mi compañera de periodismo, la cual creí conocer bien, arremetió contra mí. Era una mirada onda, a la vez con pena, que miraba desde abajo, desde abajo de los cabellos negros que buscaban sus hombros arrepentidos.- Bueno Julie, me gustaría saber ¿cómo te autodefines?. Le pregunté mientras miraba un álbun de fotos de su hijo Luis felipe, “el luchito”, que me mostraba con orgullo.- Creo que soy madre más que cualquier otra cosa, porque mi vida gira en torno a eso...porque por ejemplo, si ya no voy a bailar y no salgo a ninguna otra parte, lo único que hago es vivir en torno a mi hijo, aunque para mí no es ningún sacrificio.
Chiquitita y joven, de esas pieles que a pesar del esfuerzo se mantienen pulcras, estiradas, aunque debería estar amilanada, por los eternos viajes a Tomé que realiza todos los días, por el viento nocturno de la costa, por las eternas caminatas en busca de un consuelo, en busca de un amigo que todos los días debe hacerse, para luego de una hora llegar a esta Universidad, que con toda su impersonalidad le pega la primera cachetada del día.Es que para ella esta vida ha sido dura, fuerte como “una vida de mierda”, una vida donde lo único que le ha hecho creer en Dios es su hijo, ese “ser angelical” que le trajo esperanza, que es su alma gemela, su “única motivación”, la razón por la que todos los días se levanta sin reproches, sin complejos y totalmente conforme.- Pero, ¿no te arrepientes de haber tenido un hijo tan joven?, le pregunté con un poco de miedo, ya que la Julie es para mí una persona impredecible.- No, no me arrepiento, yo siempre he dicho que lo peor que me ha pasado en la vida es quedar embarazada, y lo mejor fue haber tenido un hijo...- ¿Cómo es eso?- Lo que pasa es que en mi casa quedó la embarrá cuando supieron. Sin embargo, mi hijo es la persona que me envió Dios para entenderme, porque siempre me quejaba de que nadie me entendía o que nadie era como yo. Pero con él ha sido distinto, porque ha aprendido a vivir conmigo, con un gesto me entiende todo. Es como el ángel que llegó a arreglarme la vida o para seguir en la vida, ya que para mí en realidad no habían muchas razones para vivir.Al escuhar esta última frase sentí un escalofrío, este año ha sido para mí un viaje seguido al cementerio, he ido como a cinco funerales de personas de las más diferentes edades, contando entre ellas a mi madre, siendo este último el más bonito funeral en el que he estado, en el que estuvo la Julie, y gracias al cual la posibilidad de morir se me hizo cercana, pero también un enorme deseo de luchar por la vida.
Me cuenta que en más de una ocasión trató de suicidarse, que fue por años al psicólogo y que cree que tuvo o tiene depresión endógena. Lo mucho que le costó sentirse discriminada por ser madre soltera le llegó hasta los huesos y le hizo sentirse “humillada hasta en las micros”, porque “hasta con guata tenía que dar el asiento”, ya que igual era estudiante.Y me sigue transmitiendo esa senzación del cómo sintió las miradas del mundo acusándola, pensando sólo en el error que habría cometido y ciegas ante “lo maravilloso que implica tener un hijo”. Mientras me explica que la universidad piensa que poner una sala cuna fomenta la promiscuidad, sus ojos vuelven a mostrarme esa pena inherente, casi languida, refugiada, que parece no poder ser consolada, tratada ni llorada.- Pero Julie, ¿te consideras una persona Feliz?- Yo creo que nunca voy a ser feliz, nunca, no soy feliz ni nunca lo seré, porque creo que la felicidad es algo inalcanzable, creo en la alegría, pero no en la felicidad.Sus palabras me llegan como verdaderos latigazos a la espalda de mis creencias, cada latigazo me hace sentir su pena, su pesimismo, y a la vez su entrega. Es extraño, la Julie me dice que sabe que con “el Chino”, Luis Valenzuela, su pololo, padre de su hijo y mi amigo desde primer año, va a poder estar bien, que ya se conocen, “que él se ha transformado un poco en ella y ella en él”.Cuando comenzaba a pensar en que las pocas líneas que tengo para escribir no me alcanzarían para transmitir lo que significa estar al lado de la Julie, llegó el chino y sin más me percaté que la entrevista debería terminar.Ella me da una mirada que afirma mi pensamiento, se ríe y me muestra un poco de esperanza, vuelve sonreir, y es así como encuentro al fin la respuesta: su sonrisa es su arma de combate, es la espada con la cual hace frente a este mundo pedante y es además lo que sin darme cuenta he buscado durante todo este reportaje.

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